Este es el fin de la historia que nunca tuvo un inicio.
Porque nos vimos desnudos y mientras abría mis brazos para descubrir mi pecho, tú te cubrías con mis prendas.
Y nos hundimos ahí en un juego continuo que terminábamos y volvíamos a empezar, mientras la piel y nuestras vestimentas se rasgaban ante nuestros ojos y nuestros rostros se empapaban de un resplandor que luego cristalizaba los sueños para que nuestras manos los rozaran e hicieran polvo.
Nuestras ropas se entregaron a las cenizas que luego solo teñían de negro nuestra fortuna.
Y ese fuego se alimento de nuestras emociones y fueron brazas que ardían hasta en nuestros huesos que temblaban de soledad, y buscamos la carne para luego extraviarnos para observarnos de lejos como un distante faro.
Nos alimentamos de nuestro llanto, nuestro fracaso, y nos huimos nos fugamos sin ni siquiera tocarnos, sin removernos los malditos escombros que forraban nuestros cimientos, a morir sofocados en nuestra propia miseria que cada uno de nosotros había ganado.
Sin perdernos ni encontrarnos, sin tenernos, sin nada.
Sin la sonrisa ni el llanto, solo ahí estampados como retratos inertes, como rocas en medio de la nada...
No hay comentarios:
Publicar un comentario